Y hoy para cambiar un poco el panorama, les traigo algo para pensar y filosofar. Este artículo fue realizado por mi prima Yohana, disfrútenlo. ¡Y feliz día de los enamorados!
Amores de Filósofos
Yohana Cortez. Estudiante de Filosofía en la UNSJ.
"Mi querido: Una vez más quisiera estar esta tarde contigo y contarte algunas cosas que debo decirte. En primer lugar, pedirte perdón, ya que últimamente, influida por los difíciles días que tengo ante mí y detrás de mí, fui incapaz de tener un momento de alegría. Entre todas las cosas que actualmente me oprimen están, en primer lugar, el hecho de que no tuve fuerza para ocultarte mi sufrimiento, con lo cual he añadido sombra a tu vida en vez de llevar un poco de luz".
¿Tuvo algo que ver en esta sorprendente y momentánea manera de relacionarse con Ingarden la muerte de Adolf Reinach? Ahí quedan estas preguntas, a la espera de su respuesta. Es probable que fuera así, y que ella necesitara compartirlo con él, porque como dice Friedrich Schleiermacher: "Lo que aquí y allá produce la tierra, lo describen muchos. Donde se encuentra cualquier cosa que yo necesite encontrar, puedo saberlo en un momento, y al siguiente puede poseerlo. Pero no hay medio alguno de averiguar donde pueda encontrarse el alma que es indispensable para el sustento de mi vida interior. Para ello no existe comunidad alguna en el mundo. El acercamiento de los seres humanos que mutuamente se necesitan, no constituye quehacer de nadie". Y el hombre depende de estos lazos mucho más que las rocas y las plantas de la madre tierra.
Edith y Roman Ingarden fueron discípulos de Edmund Husserl, ambos integraban el Círculo de Gotinga en aquel comienzo del siglo XX, y al calor de aquellos contactos estudiantiles fue creciendo una amistad que no se correspondió con las expectativas de Edith Stein. A la postre, sus cartas dejan entrever cierta decepción. Una y otra vez se queja del comportamiento de su amigo que no contesta o tarda en contestar sus cartas. Edith Stein no acierta a explicarse el porqué y sufre. Es una lucha terrible que Edith sostiene contra sí misma y en la que la voz de la razón terminará sustituyendo la voz del corazón. Esta carta fechada el 24 de diciembre de 1917 concluye con una despedida de Stein.
Pese a las problemáticas que se plantean entre Edith Stein y Roman Ingarden se desarrolló una fuerte amistad, que como todo lo humano tiene su propia biografía. Nació y se anudó dentro de un centro: la apasionada búsqueda de la verdad, por parte de ambos, y se extendió a la vida. Mesuradamente creció y se intensificó. Como en toda amistad, hubo en ella una distancia óptima, y también se debatió entre los dos riesgos: quedarse cortos o pasarse. Lo sabemos, en la primera se corre el riesgo de quedar deficiente; en la segunda, amenaza el hastío o la decepción. Pero en ellos la amistad no fue sólo trato, soportó la ausencia, y se la encontró intacta a los muchos años, alimentada a veces con pocas cartas, como si se hubiese interrumpido la víspera. Y no olvidemos que ésta, como verdadera amistad está hecha en buena parte de largos silencios compartidos.
De todos los que integraron el Círculo de Gotinga, con ninguno se comunicó Edith Stein, como con Roman Ingarden. Que tengamos constancia, a él dirigió 162 cartas. Un dato bastante elocuente que vendría a corroborar esa especial simpatía, o como quiera que se llame, que Edith Stein sentía hacia Ingarden, y a la que no parece que este fuera del todo ajeno, al menos al principio. De lo que no cabe la menor duda es de que tenía una alta estima de ella como lo prueba el hecho de que ya en el año 1917 le enviara su trabajo de doctorado para que lo corrigiera. Ella poniendo de relieve su capacidad crítica, lo corrige. La corrección hubo de ser del agrado de Ingarden, ya que más tarde, cuando apenas si ella tiene tiempo para sí, otra vez le pide que revise los nuevos trabajos que ha ido escribiendo. Edith Stein, dando pruebas no sólo de su capacidad intelectual sino también de su gran generosidad, siguió ayudándole siempre que pudo, incluso económicamente.
Cuando no pudo, se lo dijo con toda franqueza. Estas fueron las menos veces. En los años 1929-1930 se ocupó a fondo de la obra de Ingarden, "La Obra Literaria de Arte", y hasta hizo gestiones para su publicación en Halle. Pero es sobre todo, en las cartas de los primeros años donde el apoyo y estima mutuos alcanzan sus más altas costas.
Otra apasionante historia de amor de dos filósofos es la que vivieron Heidegger y Hannah Arendt. A modo de ilustración, si se nos permite usar esta feliz expresión, citamos un fragmento de una carta de Heidegger a la joven Hannah: "Desde el centro mismo de tu existencia te has convertido en alguien próximo a mí y en una fuerza que opera para siempre en mi vida".
Tanto Edith Stein, Roman Ingarden, Martín Heidegger y Hannah Arendt, fueron hombres y mujeres profundamente honrados intelectualmente, es decir, poseedores de la rectitud moral, con un genuino amor por la verdad. Discípulos que desde el hacerse otro en cuanto otro, se lanzaron a ascender en subida alpinista hacia el corazón de la verdad total, sabiendo que este es combate, un bien escarpado, difícil, arduo, pero dotado de una belleza tal que llamaba a nadar como las truchas y los salmones: corriente arriba. Poseían un interés desinteresado, se dirigían a lo más hondo que sabían que era, lo más vivo, como cantaba el poeta Höldelin: "Pero para nosotros la existencia está aún encantada; en cientos de lugares es todavía origen: un juego de fuerzas puras que nadie toca sino se arrodilla y admira".
Sólo el corazón plenifica la existencia, ampliándola y enriqueciéndola permanentemente. El conocimiento del corazón está surcado por el sentimiento logrando así mirar la realidad desde la configuración interior tornando lo sensible espacio-temporal, en una figura más real.
Mi Sed de Verdad era mi única oración. Edith Stein. 1891-1942
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